Categoría: Mi intimidad violada
17 Mayo 2007
Os voy a contar el suceso más casposo que me ha sucedido en los últimos meses. Me sonrojo solo de pensar en ello, pero un blog está precisamente para exorcizar los terrores personales más bennyhillianos, así que no me cortaré un pelo. Seré breve, conciso y sincero. No importa que por el camino quede como un gilipollas del tres al cuarto de chopped si con ello contribuyo a hacer de este mundo un lugar mejor…
Resulta que el otro día estaba yo en la ducha, salpicando mi cuerpo turgente de chorretes de agua tibia, cuando dije: voy a lavarme el ano. Aquí conviene señalar que la alcachofa de mi ducha tiene tres modos, el modo normal, uno en el que el agua sale como más espumosa, y el modo heavy, en el que toda el agua se concentra con una fuerza del demonio en un único chorro. Pues bien, empecé a higienizar mi ojete utilizando el modo normal, pero como la cosa me empezaba a dar cierto gustirrinín, pasé al espumoso, y luego, al heavy. ¡Cual fue mi sorpresa al notar que este último chorretón me estaba poniendo bastante! Pensé en esas sexólogas que repiten todo el rato que el punto erógeno masculino esta en nuestros ceritos sexuales y también en María Teresa Campos, no sé por qué.
En estas que me relaje tanto que la alcachofa de la ducha se me escurrió un poco de las manos, con tal mala suerte que el chorro de agua, en modo heavy, pero heavy heavy, se estrello con la fuerza del movimiento peristáltico de un cachalote contra mis huevos. Pasé del placer al dolor extremo en apenas un segundo. La alcachofa se me cayó definitivamente de las manos y se puso a bailar como loca dentro de la cabina de la ducha sin que yo pudiese controlarla, en parte, porque también me caí al suelo, ahito de dolor, agarrándome la bolsa escrotal con fuerza. Parecía el puto Mister Bean, y para rematarla, la alcachofa, descontrolada, me pegó dos zurriagazos en toda la sien que casi me hacen perder el conocimiento. Traté de levantarme pero resbalé y me caí. No puede evitar proferir un grito de afirmación vital desaforado.
Al otro lado de la puerta, suena una voz: " ¿qué pasa?, ¿estás bien?
Me quedo pensando, todavía roto por el dolor, y digo:
“Nada, todo perfecto”
Porque por mucho que la sinceridad sea una virtud, hay cosas que es mejor que la gente no sepa… de lo cual se colige que mariconadas las precisas, y que, la ducha, siempre en modo normal.
servido por chiconormal
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22 Febrero 2007
Siguiendo en la línea escatológica de los últimos días, hoy voy a contaros como descubrí que en este mundo tan sandunguero, el que más y el que menos, independientemente de su sexo, raza o refinamiento, tiende a dejar un frenazo de praliné en la parte trasera de su ropa interior tras una jornada de alto tráfico intestinal.
En mi casa, a esos frenazos se los conoce como “raspi”. Cuando me despelotaba para meterme en la bañera, de pequeño, y mi padre veía el rastro marrón glacé que solía dejar en los calzoncillos, descojonándose, decía: “¡menudo “raspi” que tienes”!. Yo me sentía muy orgulloso de la productividad de mi sistema digestivo y, en mi inocencia, creía que todo el mundo conocía la palabra “raspi”, que todo el mundo hablaba de ella con la misma naturalidad de mi padre y que, pese a su apariencia desagradable, el “raspi” era algo bueno y positivo.
…hasta que un día, ya bastante mayorcito, le enseñé mi “raspi” a los compañeros del colegio para, a continuación, solicitarles con una sonrisa que me enseñaran el suyo. Todos me miraron como si fuera un tarado, un monstruo, un freak. Sólo les faltó ponerse a cantar “¡gooble gobble, gooble gobble!”. Aquella soplapollez marcó un punto y a parte en el desarrollo de mi personalidad. Ya nunca más volví a enseñar mi “raspi” a nadie, y además, comencé a pensar que mi familia estaba compuesta por un hatajo de seres salvajes e incivilizados que habían creado la palabra “raspi” y se reían de ella de la misma forma que la familia de la Matanza de Texas había creado su particular dieta rica en grasas humanas y también la celebraba con carcajadas. Éramos unos cerdos.
Entonces vi por televisión uno de esos programas mostrencos donde un heterogéneo grupo de despojos sociales con acento andaluz contaba chistes sin gracia. En uno de los bloques, salía la pazguata de Paz Padilla largando un chascarrillo en el que hacía mención a “la rayita de canela” que, de acuerdo con su descripción, se correspondía con el “raspi” de mi familia. La esperanza embargó mi corazón. No éramos los únicos que conocíamos el concepto de “mancha de mierda en la parte de atrás de los pantalones” y habíamos creado una palabra más sencilla para referirnos a él. Al menos, la familia de Paz Padilla compartía nuestras inquietudes lingüísticas.
Lo que no sospechaba ni de broma era que en realidad todo el mundo conocía el concepto, sólo que les daba vergüenza admitir su rasposa y crujiente condición humana. Me di cuenta durante el primer año de mis estudios universitarios, cuando me lié con una de las chicas más guapas de la facultad y, mientras se lavaba los piños en el servicio después de una fogosa sesión de ayuntamiento carnal, descubrí un frenazo en sus bragas que convertía mi “raspi” juvenil en un chiste sin palabras. A partir de entonces, empecé a ver “raspi” por todos los sitios. Descubrí no sólo que todo el mundo tenía “raspi”, sino que todas las familias, incluso las más atildadas, habían creado una palabra particular para definirlo.
Seguro que vosotros también tenéis la vuestra. No seáis mojigatos y compartid esa riqueza cultural con todos los lectores de este blog tan pavero. Ha llegado la hora de normalizar el “raspi”. Si nos ponemos, tal vez hasta arañemos alguna subvención… ¡Viva el raspi! (las mujeres no, que son unas guarras).
Por cierto, los gayumbos de la foto son un nuevo sistema de seguridad para guardar pasta en unos calzoncillos cagados simulados. En serio. La empresa proporciona, además de la ropa manchada, un spray con olor a pis y caca para alejar a los cacos. Si no me creeis echad un vistazo a este link y flipad.
servido por chiconormal
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19 Febrero 2007
El otro día salí por la noche y me acontecieron algunas cosas dignas de estudio antropológico. La primera de ellas tiene que ver con una jovenzuela disfrazada de catwoman ronroneante y unos urinarios y no os la contaré porque paso de comprometer la intimidad de tercera personas. Le segunda, en cambio, tiene que ver con los años ochenta y con un arquetipo femenino que hace que a todos los hombres con sangre en las venas ésta se nos sulfure: la gorda de al lado.
Resulta que estaba yo medio chispado a eso de las siete de la madrugada, saliendo de un bareto lleno de gente disfrazada de cosas tan originales como payaso, pirata o presidiario cuando me topé de bruces con una chica embutida en uno de los monos rojos de la entrañable serie de televisión V, con un peinado a la sazón también ochentero, con su laca y todo, en un puntilloso y logrado intento por emular a la gran lagartona Diana (Jane Badler).
Por su puesto, en cuanto me apercibí de aquella epifanía kitsch no pude evitar que de mi garganta surgiera la siguiente frase: "¡Diana! ¡No tienes ni puta idea de la de pajas que me he hecho contigo!", y es que durante mucho tiempo, la mala de V ha sido mi gran mito onanista, habiéndole rendido fogoso tributo durante años y años en celebración erótico-festiva de su tremendo morbo. Lejos de soliviantarse, la moza se descojonó, lo cual indicaba que además de estar bastante buena, no había pillado todavía la supergripe políticamente correcta que en la actualidad diezma día tras día nuestra abotargada y acrítica población. En otras palabras: la chica parecía al menos un poco inteligente y tenía sentido del humor. Me la imaginé haciéndome perrerías en la cama al más puro estilo Diana y me puse fatal.
"¿Podrías comerte un ratón?", le pregunté para iniciar el ritual de apareamiento. Ella sonrío con cara de loba, sacó un ratoncillo de gominola de su bolsillo y clavó la mítica escena del capítulo piloto. En aquel momento, podría levantar una mesa con manos. Hablamos durante uno o dos minutos más, torrefactando el aire a nuestro alrededor, hasta que de pronto una voz córvida a mis espaldas echó todo por tierra. Era la gorda de al lado.
Por ley, siempre que un hombre se encuentra tonteando que una chica que le gusta y esta chica es receptiva a sus maniobras de seducción, aparece de la nada una tía gorda, fea y sin carisma que con prepotencia cerril dice: "anda, vámonos, deja a este gilipollas" y la arrastra en contra de su voluntad lejos de su principe azul. En este caso, yo. La gorda de al lado es un ser sin personalidad propia, frustrado a nivel afectivo por sus evidentes taras físicas, que para compensar su falta de autoestima se hace amiga de una chica guapa a la que utiliza como escudo para desdeñar a los hombres que de otro modo no la mirarían, y con los que, por tanto, jamás podría establecer ningún tipo de diálogo verbal o no verbal. La gorda de al lado disfruta jodiendo al personal porque ella no jode. Y a mí me crispa los nervios.
Pero la gorda de al lado no es una mujer en concreto. Es un concepto, una figura casi mitólogica que algún Dios con un sentido muy retorcido del sentido del humor ha puesto en el mundo para castigar a los hombres calentorros. Por ello, después de que la gorda de al lado raptara a mi Diana como Zeus a Europa, invertí el resto de la noche, en compañía de un amigote, en perseguirla para ajusticiarla por sus crimenes contra la humanidad y salvar de este modo al mundo libre de su yugo. La encontré una hora más
tarde, frente a la entrada de un after-hours, haciendo sufrir a otro pobre incauto. Airado, le espeté una catilinaria de agarrate y no te menees, pero como en el fondo soy un buen tío, y la pobre se puso tan triste ante mi exabrupto que sólo le faltó llorar, al final la dejé ir. Sé que con ello todos los machos alfa del planeta tierra estamos condenados. Eso sí, nadie podrá negarme ahora que no tenga talante superheroico. Ya lo decía Spiderman: todo gran poder conlleva una gran responsabilidad. Gorda de al lado: reflexiona. Y ya de paso, adelgaza un par de kilos, que falta te hace.
servido por chiconormal
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11 Septiembre 2006
Nunca he sido un animal político. Ni siquiera social, aunque tampoco un lobo para el hombre, sólo un poco somormujo. La democracia me parece un sistema caduco, absurdo, poco refinado, injusto, tosco, demagógico, apelotonadizo, tiránico como la peor de las dictaduras y aburrido hasta decir basta. Ya no imperfecto, como dicen muchos, sino la imperfección misma, a la que encarna con mayor exactitud que la napia de Barbra Streisand o ese tercer pezón que yo mismo luzco con orgullo en mi torso de bravucón.
Hoy, sin embargo, las cosas han cambiado.
Y las cosas han cambiado gracias a Trinidad Jiménez, mi nueva musa.
Veámoslo.
Hace ya unas meses que estoy tomando unas pastillas que se han cargado casi de golpe mi apetito sexual. No presto atención a las chicas en el metro, no utilizo Internet más que para mirar el correo y escribir en este blog, y ni siquiera tengo erecciones-palanqueta por las mañanas. Personalmente, creo que es una suerte (ya ha escrito sobre el tema en algún artículo anterior). Pero también es una suerte tener una imaginación como la mía, capaz de crear unos sueños como el que hoy he tenido.
Imaginadlo: Trinidad Jiménez. Un despacho en algún edificio oficial. Música de Kenny G de esa que parece diseñada para practicar el sano deporte de la fricción en un piso con gran ventanal frente a la playa, a la hora del crepúsculo, sobre una moqueta roja y al calor de una hoguera chispeante. La tía me pide el voto, embutida en su chaqueta de cuero de motarra, y yo le digo que ni hablar, que mi virginidad política es lo que más valoro en este mundo después de la mahonesa y los balones de Nivea. Para tratar de convencerme, se despelota y se pone a cuatro patas encima de la mesa. Me suelta que debo tener mejor talante y, apuntándome con una Magnum, explica que ha llegado la hora de que cumpla mi servicio hippioso obligatorio y practique el amor y no la guerra. Acepto el trato. Placa. Placa. Ploc. Ploc. En mitad del asunto se pone a llorar y dice: “Zapatero se va a enfadar mucho conmigo”. Yo le respondo que por el amor de Dios, no me hable de ZP mientras nos refocilamos, al tiempo que trato de quitarle hierro al tema apelando a su famoso talante. Como aún así no para de hablar de él, me pongo a cantarle el Cara el Sol en represalia. Ella se agita muchísimo y trata en vano de escapar, lo cual me pone tanto que la emprendo con la melodía del NODO, ya por puro vicio.
Acojonante. Cuando me despierto es como si hubiera vuelto a tener quince años. Mi libido regresa en tromba y me obliga a buscar entre los periódicos una foto de Trini para rendirle un segundo homenaje sobre la lavadora (en marcha, por supuesto, ya sabéis como soy). El paroxismo psicotrónico es de órdago. Descubro entonces mi verdadera tendencia política: el gayolal-socialismo, sistema rijoso donde los haya basado en la adoración onanista de nuestros bienamados líderes. Aquel grupo político que me proporcione los mejores sueños húmedos, será al que vote en las próximas elecciones. Y de momento, el PSOE de mi Trini tiene todas las papeletas, a no ser, claro, que el subconsciente me acabe jugando una mala pasada y tenga que votar finalmente a Esperanza Aguirre…
servido por chiconormal
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12 Abril 2006
Hola amigos.
Hola y adiós.
Porque después de haber estado desangrando este blog silencio mediante a lo largo de los últimos meses, he decidido finiquitarlo, pegarle el tiro de gracia, cepillármelo.
No tengo excusa. Dispongo de tiempo y de medios para mantenerlo actualizado, pero desgraciadamente, en mi vida no pasan cosas con la suficiente enjundia como para ser contadas a terceros.
Por ello prefiero acabar con todo de un plumazo a haceros partícipes del triunfo de la inanidad.
Ha sido un placer, de veras. Espero que al menos os haya arrancado una sonrisa o un gesto de mala leche en algún momento. Con eso y una hogaza de pan, tengo bastante.
Hasta siempre.
servido por chiconormal
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11 Marzo 2006
Me he enamorado de la taquillera de los cines a donde voy habitualmente. Y cuando digo que me he enamorado no quiero decir que me haya sentido atraído por ella o que me parezca interesante. Yo, cuando me enamoro, me enamoro hasta el tuétano, aunque sea de una desconocida. El caso es que me siento de nuevo como si tuviera quince años, cohibido, excitado, vivo. Puede parecer una tontería, pero ella es la única ilusión que tengo en estos momentos. De ahí que no quiera estropearlo todo diciéndole algo más allá de "una entrada para la sala 5". No puedo permitirme el lujo de arriesgar la poca esperanza que queda en este mundo... y al mismo tiempo, lo deseo con todas mis fuerzas, que no son pocas.
Me mira, la miro, nos devoramos las pupilas mutuamente y de vez en cuando estallamos en risas nerviosas incontenibles. Ella tiende a ponerse colorada, yo también. Está claro que el aire que nos separa esta cargado de moleculas diferentes a las que existen entre el resto de las personas. He pensado toda clase de artimañas para comunicarle mis sentimientos. Intuyo que no me rechazaría, pero si nos conocemos sería el principio del fin. Cuando nace el amor, comienza de inmediato su deterioro. No puedes decepcionarte de una entelequia. Lo que no existe, no puede irse a la mierda. Esos breves segundos que comparto dos o tres veces a la semana con mi taquillera (por su culpa he visto hasta Dick y Jane Ladrones de Risa), son más intensos y reconfortantes que algún que otro año de mi vida. Ilusión. Esperanza. Complicidad. Pasión. Cosquilleos. Todo ocurre en un abrir y cerrar de ojos. Luego introduzco mi mano por debajo del cristal para recoger mi entrada y nuestros dedos casi se tocan. Me dice gracias con una sonrisa, recojo la vuelta tratando de prologar la maniobra lo máximo posible, y camino con pasos taciturnos hacia la sala, óscura y fría. No presto atención a la película. Cada vez que entra alguien, quiero creer que es ella... De momento nunca ha aparecido. Nunca lo hará. Ella es también una película. Yo, su montador.
servido por chiconormal
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5 Febrero 2006
He decidido darle un vuelco a mi vida. Después de reflexionarlo largo y tendido durante cinco minutos, he decidido irme a vivir (y a morir) a Japón
en octubre. Concretamente a Okinawa, que es una isla muy simpática al sur del país. Escogí la localidad más por la sonoridad de su nombre que por otra cosa, pero por lo visto el sitio es la pera, cuenta con unas playas de la hostia y además sus habitantes tienen la mayor esperanza de vida de todo el mundo. La verdad es que no se trata de una mala elección.
Y vosotros direis... ¿a qué viene eso de irse a vivir de repente a Japón? Pues simple y llanamente a que me pone muchísimo eso de materializarme en un sitio desconocido, exótico y lleno de freakies donde además se come con palillos, hay que pedir la mano de las chicas al padre, y es de mala educación dejar granos de arroz en el cuenco porque en cada grano habitan no sé cuantos dioses.
De momento, ya me he puesto a estudiar Japonés como un cabestro. El objetivo es poder defenderme mínimamente allí a partir de septiembre. En cuanto al trabajo, ya me he inscrito en un rollo para dar clases de español a los Okinawenses, pero puede que si me da la venada me ponga a cortar piña en las numerosas plantaciones de piñas que hay por allí. Un poco de ejercicio no le viene mal a nadie.
La verdad es que estoy muy emocionado con todo este tema. El cambio será radical, y supondrá una sorpresa para todos los que me conocen. También significará echar a un lado mi carrera profesional y centrarme en vivir una existencia sencilla pero completa. Si me mola, es posible que me quede allí de por vida. Y muy mal tendrían que estar las cosas por oriente para que Japón apestara más que una cultura que ha creado cosas como Presuntos Implicados, Princesas o Aquí no hay quien viva. Si es necesario hasta me operaré los ojos para sacarme la nacionalidad. Lo sé. Soy un Snob, pero morir en Okinawa es algo tan cool que no he podido resistirme. Ya os contaré.
servido por chiconormal
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9 Enero 2006
Hola de nuevo a tod@s. Después del zafio paréntesis protopolémico de la última semana, toca hablar de nuevo de mi, me, conmigo. Sé que parezco un ególatra mayestático de la calaña de Barbra Streisand, por poner un ejemplo, pero es que este es mi blog, y como tengo una acusada afinidad ideológica con el solipsismo, sólo puedo hablar con rotundidad y aplomo lapidario acerca de mi mismo. Más allá de ahí, no sé nada. O parece que no... Y además, en la vida real nadie me escucha. Sniff!
A lo que iba, que me pierdo. Como buen hipocondriaco he aprovechado las vacaciones navideñas no sólo para hartarme de turron, polvorones y harina de mandioca, sino también de visitas a matasanos. El otro día os comentaba el milagro de la ampliación de mi capacidad pulmonar contra todo pronostico apocalíptico de las autoridades sanitarias y/o políticas, pero la tournee no se ha quedado ahí. Entre mis visitas navideñas también han estado el dermatólogo, el dentista, el urólogo, el cardiólogo y el oculista. Soy un poco el Papa Noel del personal sanitario, sólo que menos simpático y sonrosado.
Hoy me ha tocado dermatólogo y dentista en la misma tarde. Al primero he ido porque de repente mi cuerpo se ha puesto a picar con rabia por todas partes (¿castigo divino por mi arrogancia hacia los tipos esos de los libros? puede ser). Creía que podía tener la sarna, pues en los últimos meses he dormido en lugares de lo más insalubre, desde rotondas periféricas a solares en obras o camas de zampapollas poco higiénicas, pero me equivocaba. Tengo una urticaria.
En ese estado de paroxismo come-comero me metí en la consulta del dentista. Tenía los brazos, las piernas, el cuello y el torax rojos como tomates de tanto rascarme, y el tipo va y me dice que tiene que hacerme una limpieza bucal. Si ya da más grima que ver a la cantante de presuntos implicados comiendo tizas a pares que te pasen el torno ese por los piños en estado dermatológicamente normal, imaginaos la pesadilla que ha supuesto para el menda escuchar esos sonidos chirriantes y dolorosos mientras me ardían todos y cada uno de los poros de mi piel. Un movimiento en falso y el capullo del dentista me metía el pincho en todas las encías.
Afortunadamente, tengo una gran facilidad para salir victorioso de las situaciones más adversas y, es por ello que todavía sigo vivo. Eso sí, no le recomiendo a nadie (hipocondriaco o no)que visite a su odontologo con urticaria. ¡Es como ver a Michael J.FOX tratando de desactivar con la uña del dedo meñique una bomba megatónica!
Y con esto me despido por hoy. Que el espíritu de Pat Morita os proteja hasta mi próximo artículo. Copas de yate.
servido por chiconormal
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