Hoy estoy triste. Entre otras cosas, porque no ha pasado nada bueno ni malo, y eso es lo peor que le puede pasar a uno, pero es que además he tenido la fatal ocurrencia de ver por enésima vez la única película que, junto a La Strada, los Puentes de Madison y Big Fish es capaz de hacerme llorar. Se trata de El Fin del Romance, de Neil Jordan, y hay un diálogo en ella que quisiera compartir con vosotros pero reservándome el pedazo más molón para mí, que a fin de cuenta soy el que corta el bacalao.

Le dice la Julianne Moore al palomo del Ralph Phiennes:

-Aunque dejemos de vernos eso no significa que dejemos de amarnos

Y él responde:

-Esa no es mi forma de amar

Y va ella y le suelta:

-Tal vez sea la única forma de amar.

El diálogo es más cursi que Hello Kitty pasada de droga del amor y envuelta en celofán, pero el caso es que me llegó a lo más profundo del corazón (allí donde tan sólo mi amor por las patatas bravas con ali-oli ha conseguido jamás llegar) porque creo que es verdad.

Si hago un flashback en mi patética vida de chiconormal en permanente estado de desazón pseudotrascendente, me doy cuenta de que con todas las chicas que han pasado por mi vida (no creais que son muchas, apenas llegarían para llenar la caseta del perro de la Preysler)he acabado como el rosario de la aurora y ya no las quiero, ni un ápice. Por leyes entrópicas que no vienen al caso, todo tiende a depauperarse, incluso los sentimientos. Sin embargo, cuando dejas de ver a alguien a quien amas, o bien cuando no llegas a revelarle a ese alguien a quien amas tu amor, ese amor queda en suspenso, criogenizado, y paradojicamente vivo para siempre. Pensándolo bien, esa es la única forma verdadera de amor, pues el resto del amor muta en odio o indiferencia, así que la despendolada de la Julianne Moore tenía razón después de todo, y es por ello que aún pasados casi diez años desde que me despedí de ella en el Ponte Vecchio de Florencia sin comunicarle mis ocultos sentimientos, sigo amándola con locura aún cuando por el resto del mundo sólo siento un odio tan infinito que realza por contraste mi propia finitud. No sé, la nostalgia mola, o algo.