¡Hola amigos! Ya estoy de vuelta. Para todos aquellos que estuvieran preocupados por mi vitalidad sexual que sepais que ya he superado mis problemas de libido. Y todo gracias al metro. Os cuento como ha sucedido, pero antes, hagamos un pequeño Flashback.

Abril de 1993: Estoy en el cuarto de baño de mi ya difunta abuela (que en paz descanse), haciéndome una saludable manola encima de la lavadora. De pronto se abre la puerta y soy sorprendido en tal lamentable tesitura por la pobre anciana, que huye despavorida ante el espectáculo de sexoelectrodoméstica gonzo.

Desde aquel día, quien estas líneas firma, padece dos molestas secuelas.

1. Me pone muchísimo que me sorprendan personas de más de setenta años haciendo guarrerías españolas.

2. Cualquier tipo de entorno pródigo en vibraciones hace que me ponga como una moto.

Es decir, desde aquel día ya no puedo viajar en autobuses de línea, trenes, aviones o suburbanos sin pantalones ceñidos, y si en mi vecindario hay obras, estoy todo el día como Tom Sizemore (el entrañable actor ha reconocido estos días que padece priapismo!!).

Y claro, este fin de semana han sido las fiestas de la Mercé por aquí por cataluña, y he tenido que tomar el metro mil y una veces y en avanzado estado de embriaguez, por lo que entre que los vagones estaban llenos de viejos y el traca traca propio de este medio de transporte, podía levantar una mesa sin manos. Eso por no hablar de los conciertos, que con esos pedazo de altavoces hacían retumbar hasta el alma del grupo de gañanes más asilvestrado.

A partir de hoy, juro que no volveré a colarme en el metro. Le debo una a los transportes metropolitanos.
¡Hasta la próxima!