El gobierno, los medios, y las mentes bienpensantes, politicamente correctas, e inquisitorias de este país, están empeñadas en que todos los que fumamos frunciendo el ceño a lo Humphrey Bogart dejemos de hacerlo. Es por nuestra propia salud, recalcan, pero si fuera nuestra salud lo que tanto les importa prohibirían el tabaco, del mismo modo que no se comercializa aceite de colza. De cualquier modo, aún suponiendo que sus intenciones fueran sinceras, cosa muy dudosa, han pasado por alto un pequeño detalle: cuando la gente se pone muy pesada diciéndole a los demás lo que tiene que hacer, los demás reaccionan haciendo todo lo contrario. Ley de vida.

Hasta ayer, yo estaba absolutamente convencido de la necesidad imperiosa de dejar de fumar. Fue ver el show proselitista del Allen Carr y su metodo Easyway para dejar de fumar y cambiar de opinión. Me crispó tanto los nervios el espectáculo sectario, manipulador, irrespetuoso y facilón de Antena 3 que fumé más que nunca. Incluso me autosugestioné para sentirme estupendamente después de hacerlo.

No sé muy bien en qué academia de oratoria ha estudiado el fulano orejudo ese que sonaba más falso que Michael Jackson diciendole al juez que sólo fue la puntita, pero un tipo que sustenta su discurso supuestamente esclarecedor sobre similes cutresalchicheros como comparar los pulmones de un fumador con un tarro de miel y además intenta salpimentarlo todo con chistes postizos sobre croquetas para caer simpático, resulta cuanto menos perturbador, sobre todo para quienes hemos estudiado en un colegio de curas.

Al margen de eso, sus argumentos estaban cogidos con pinzas de la ropa compradas en el LIDL, sobre todo aquel con el que refutaba el hecho de que un cigarro relaje diciendo que tan sólo calma el mono del anterior (una contradicción en si mismo, puesto que si calma el mono, al menos durante ese instante relaja). Vamos, eso sería como decir que el sexo es malo porque mitiga la ansiedad sexual de no follar desde el último polvo, y yo no veo que nadie salga por la tele azuzando las conciencias para que no se moje el churro. En fin, patético, y lo más triste es que al pavo se le llenaba la boca rajando sobre el lavado de cerebro de las tabacaleras y el cine cuando el tenía tan aprendido el discurso del gurú Carr que parecía un escolar recitando aquello de "nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar, que es el morir".

La puntilla la puso una yanki macilenta que tuvo los bemoles de asegurar que dejar de fumar no engorda porque en lugar de comer cheetos o panceta si te entra la ansiedad puedes comer piña. Hay que joderse. Dentro de nada la secta Easyway sacará un libro titulado dejar de comer caldo gallego es fácil si sabes como y todo Dios lo comprará como gilipollas.

Insisto. Hasta ayer noche yo pretendía dejar de fumar a partir del día uno. Gracias a Allen Carr y su grupúsculo sectario seguiré fumando y moriré de cáncer. Gracias, Allen Carr. Espero que mis descendientes te denuncien tras mi muerte igual que en America denunciaron a las tabacaleras, a ver si así dejas de forrarte a costa de las desgracias ajenas, espabilado!!