He decidido darle un vuelco a mi vida. Después de reflexionarlo largo y tendido durante cinco minutos, he decidido irme a vivir (y a morir) a Japón en octubre. Concretamente a Okinawa, que es una isla muy simpática al sur del país. Escogí la localidad más por la sonoridad de su nombre que por otra cosa, pero por lo visto el sitio es la pera, cuenta con unas playas de la hostia y además sus habitantes tienen la mayor esperanza de vida de todo el mundo. La verdad es que no se trata de una mala elección.

Y vosotros direis... ¿a qué viene eso de irse a vivir de repente a Japón? Pues simple y llanamente a que me pone muchísimo eso de materializarme en un sitio desconocido, exótico y lleno de freakies donde además se come con palillos, hay que pedir la mano de las chicas al padre, y es de mala educación dejar granos de arroz en el cuenco porque en cada grano habitan no sé cuantos dioses.

De momento, ya me he puesto a estudiar Japonés como un cabestro. El objetivo es poder defenderme mínimamente allí a partir de septiembre. En cuanto al trabajo, ya me he inscrito en un rollo para dar clases de español a los Okinawenses, pero puede que si me da la venada me ponga a cortar piña en las numerosas plantaciones de piñas que hay por allí. Un poco de ejercicio no le viene mal a nadie.

La verdad es que estoy muy emocionado con todo este tema. El cambio será radical, y supondrá una sorpresa para todos los que me conocen. También significará echar a un lado mi carrera profesional y centrarme en vivir una existencia sencilla pero completa. Si me mola, es posible que me quede allí de por vida. Y muy mal tendrían que estar las cosas por oriente para que Japón apestara más que una cultura que ha creado cosas como Presuntos Implicados, Princesas o Aquí no hay quien viva. Si es necesario hasta me operaré los ojos para sacarme la nacionalidad. Lo sé. Soy un Snob, pero morir en Okinawa es algo tan cool que no he podido resistirme. Ya os contaré.