No sé por qué, siempre que me detengo por un momento a pensar acabo llegando a alguna conclusión políticamente incorrecta.

Hoy vais a flipar. Sobre todo si sois zapateriles.

Resulta que el otro día estaba yo analizando atentamente todo el sarao que se montó con lo del suicido de la hermana de Doña Letizia (no sé que me da más yuyu, si esa zeta descontextualizada, las dos eses de "Vanessa" o la propia palabra "yuyu") cuando me di cuenta, durante el funeral, de que nunca antes había visto a la princesa de Asturias sin maquillar. Entonces pensé que, en realidad, jamás había visto a una tía guapa maquillada en un funeral. Y recalco lo de guapa.

Mi hipotesis es la siguiente: dado que existe una relación de estimulación recíproca entre el eros y el tanathos, el sexo y la muerte, las mujeres guapas no se maquillan en los funerales porque se sienten culpables de su propia belleza, de su sexualidad. Se supone que los entierros son acontecimientos trágicos y muy serios, por tanto, el sexo no tiene lugar en ellos, y sin embargo, el morbo de la situación hace que mucha gente se sienta excitada, de ahí que sea tan fácil sorprender a parejitas matraqueando alegremente en los servicios de los tanatorios. Vamos, que los funerales nos ponen calentorros. Los tíos lo disimulamos con caras de circunspección, algún mohín protolloriqueante y gafas de sol cuanto más negras mejor, las tías, en cambio, se quitan la costra de la cara, se despeinan y sustituyen sus tangas de hilo dental por bragas de encaje.

Lo grandioso del asunto es que con ello dejan entrever que cuando no se encuentran en un funeral son unas pilinguis viciosas que se pirran por aplicarse potingues oleaginosos sobre la jeta para atraer a los machos, incluso en aquellas situaciones aparentemente serias, como reuniones de trabajo o cursos de Tai-Chi, por ejemplo. Supongo que ya habreis intuido a dónde quiero llegar, así que no me andaré con más pamplinas y lo diré claramente: ¡golfas!

Ya por último, permitidme que traiga a colación las palabras de una anciana señora que el año pasado llamó a Hablar por Hablar al hilo de un debate muy acalorado sobre la condición femenina y su tendencia a aprovecharse de los hombres por medio de una explotación calculada y mezquina de su sexualidad. Dijo lo siguiente: "Miren, no hagan caso a todas esas chicas que llaman diciendo que son unas santas, yo tengo setenta y ocho años y puedo decirles, sin temor a equivocarme, que todas las mujeres, sin excepción, somos unas putas y unas cabronas". Hasta que este mismo año vi como Sylvester Stallone se vaciaba por completo en Rocky Balboa, jamás había sido testigo de un mayor alarde de sinceridad.

Si esa bendita mujer se encuentra por un casual leyendo estas líneas, cada vez más desquiciadas, le ruego que abandone por un momento su retiro espiritual y corrobore, con la misma rotundidad y erudición, si me equivoco en mi razonamiento acerca del maquillaje y su relación con el golferío. La verdad está ahí fuera. Muéstrenosla. We want to believe...